La inspiración de Vania Vargas

08 jul, 2013

Esquisses nos comparte algunos poemas de la inspiración de la  guatemalteca Vania Vargas, con una larga trayectoria en el mundo de las letras y el arte. 

 

El sacrificio

El eco de un solo disparo viajó por todo el potrero, dispersó al ganado que pastaba, se abrió paso entre las gallinas, entró violento por la puerta, por las dos pequeñas ventanas, y cortó de tajo los susurros angustiosos de la oración de la mujer. Luego hubo silencio otra vez, un silencio lleno de chicharras, de insectos, de furgones atravesando, allá lejos, la ruta, como si volaran.

La mujer se puso de pie y esperó hasta que lo vio entrar en silencio con el revólver en la mano. Lo puso sobre la mesa y se sentó.

Le dijiste que le pidiera perdón a Dios, preguntó la mujer. Dijo que no tenía que pedirle perdón a nadie, respondió el hombre.

Le dijiste que le pidiera que le quitara el dolor. Preguntó la mujer. Dijo que si él quisiera se lo hubiera quitado ya y que no iba a pedir ni mierda.

La mujer recordó la pierna gangrenada, la única que le quedaba, y el hígado deshecho por el alcohol.

Tenía que dejar de sufrir, dijo el hombre, teníamos que dejar de sufrir. Mientras la mujer salía corriendo hacia el lugar de donde él había vuelto, para abrazar por última vez a su hijo muerto.

 

 

 

Open / Lock

 

La mujer iba bajando las gradas hacia el sótano cuando se dio cuenta de que había dejado el teléfono sobre el mueble del baño. Desanduvo tres niveles y abrió con dificultad. Dejó las cosas tiradas en la puerta y entró a buscarlo. Luego, descendió sin detenerse hasta el parqueo en donde, a pesar de los espacios vacíos, un automóvil le bloqueaba la salida. Dejó las cosas sobre el capó y corrió a la recepción para pedir que el encargado moviera el vehículo. Regresó con prisa, y mientras le despejaban la salida se metió al carro, lo arrancó, se puso el cinturón de seguridad y con un solo toque cerró todas las puertas desde el botón central. Ya había quitado el freno de mano cuando se dio cuenta de que había dejado sus cosas sobre el capó. Se quitó el cinturón de un tirón y empujó la puerta sin reparar en que acababa de asegurarla. Movió el botón varias veces, pero el ímpetu había trabado la portezuela. Bajó el vidrió, intentó levantar el seguro con las manos, pujó, no lo logró. Dejó ir el sillón hacia atrás, y con sus nulas habilidades de contorsionista sacó las piernas de su espacio, pasó bocinando con la rodilla, pateó el retrovisor, lo dejó torcido, hasta que logró salir por la puerta del copiloto. Mierrrrrda, dijo acalorada. Agarró sus cosas, las aventó por la ventana hacia el sillón de atrás y con una mano trató de forzar la cerradura utilizando la llave, mientras con la otra intentaba halar el seguro que se le resbalaba entre los dedos. Empezaba a hacerse tarde y temió quebrar la llave. Desistió entre maldiciones y procedió a repetir el acto de contorsionismo de manera inversa, ahora de vuelta a su lugar desde el lado del copiloto. Compuso el sillón, subió los vidrios de nuevo, arregló el retrovisor y puso un momento la frente sobre el timón, respiró profundo, cerró los ojos.

En la esquina, el semáforo dio rojo y aprovechó el momento para instalar la memoria llena de música en el reproductor. Alguien le tocó el vidrio con tanta insistencia, que se distrajo y solo logró botarla. Cuando volteó vio al hombre que golpeaba el vidrio, cada vez con más fuerza, con la cacha de una escuadra. Se buscó el teléfono entre la bolsa para entregarlo, cuando escuchó que el hombre lo que gritaba era que le abriera la puerta y se bajara. Se quitó el cinturón lo más rápido que pudo, apachó el botón de la cerradura central, todas las puertas se abrieron, menos la del piloto. El hombre intentó abrir desde afuera, y cuando se dio cuenta de que no podía empezó a perder el control. El semáforo cambió a verde, los autos no se movieron, empezaron a bocinar, el hombre no alcanzó a escuchar sus explicaciones. Ella tiró el sillón hacia atrás para iniciar ahora un acto de contorsionismo que podía ser mortal. No iba a huir, no se estaba rehusando a colaborar. Entró en desesperación… Bang, bang, bang, bang, bang… sonaron los seguros de las puertas, hasta que tras la insistencia el botón de la puerta del piloto cedió. Respiró profundo para despejarse. Salió del auto, se paró a medio parqueo y marcó el número de la compañía de taxis. De todas maneras, ya iba tarde.

En la esquina el semáforo dio rojo, fue cuando se dio cuenta que sus cosas se habían quedado en el auto, en el asiento de atrás.

 

 

Primera plana

El hombre es joven, demasiado, quizá, para el cansancio que carga encima, que lo tumbó antes de las seis de la mañana en el último asiento del autobús, y que parece que lo presionara violentamente contra la ventanilla, con un codo invisible que le inmoviliza el cuello hasta dejarlo inconsciente en esa vergonzosa posición: la cabeza echada hacia atrás, rendido, a la vista de toda una ciudad, que seguramente lo observaría si no estuviera llena de gente tan vencida como él.

La imagen se quedó atrás cuando el semáforo dio verde. El que va en el asiento trasero de la camioneta tipo Van, la siguió sin voltear del todo la cabeza, y volvió inmediatamente para buscar entre los asientos delanteros el reloj del auto. Pasaban veinte minutos de las seis de la mañana. El hombre del bus le había recordado un poco a él mismo apenas un tiempo atrás, cuando antes de quedarse dormido contra cualquier ventanilla, intentaba ver ese otro nivel del éxodo matutino, pero éxodo al fin, desde esa posición privilegiada que permite la altura del transporte público. Piernas muy juntas donde reposaban loncheras cerradas, folders llenos de papeles; manos firmes, con anchos relojes de pulsera, aferradas a los volantes; niños incómodos, recién peinados, aferrados al sillón del copiloto, con la mochila ya puesta, viendo hacia la calle como él en ese preciso momento, detrás de una ventanilla polarizada. Intentó acomodarse de nuevo por inercia. Respiró profundo. El tráfico se ponía pesado por ratos. Volvió a consultar el reloj. Todavía tenían tiempo.

Un nuevo semáforo les abrió el paso. La Van aceleró, hizo luces y empezó a bajar la velocidad antes de alcanzar la siguiente esquina. El hombre se estiró para buscar un billete dentro de la bolsa del pantalón. Los autos que venían detrás empezaron a bocinar.

Los taxis que esperaban en la esquina, cerca de la parada del autobús, empezaron a moverse cuando el auto se acercó. Uno de los conductores que estaba comprando cereal con leche en el puesto ubicado junto a la señora de los periódicos se apresuró a pagar, salió corriendo con el cereal en la mano, le lanzó un chiflido a la mujer de los periódicos, le hizo una seña con la cabeza para que viera el auto que acababa de llegar, y como pudo se apresuró para mover el taxi.

El vidrio oscuro de la Van bajó a la mitad. La mujer de los periódicos recogió los dos que el hombre esperaba con medio brazo fuera de la ventanilla, sacudiendo un billete de 20. La mujer vio el billete de lejos y se detuvo. “No tengo vuelto”, gritó, y sin esperar la reacción del hombre, regresó a su puesto.

Las llantas del carro marcaron el asfalto cuando siguió su camino. Esa había sido la última parada. El periódico podía esperar; el trabajo programado para llenar la primera página del diario del día siguiente, no. Se acomodó el arma sobre las piernas y mientras llegaban a su destino volvió a escudriñar las calles. Así, dicen, se aprende a ver la vida a la cara.

Biografía

Quetzaltenango, 1978. Poeta y narradora. Ha sido columnista en periódicos de Quetzaltenango y en el periódico Universidad de la Universidad de San Carlos de Guatemala, en donde se graduó de Licenciada en Letras. Su trabajo literario ha aparecido en periódicos y revistas de su país, como La Ermita, Algarero cultural, La Revista de la Universidad de San Carlos y Magna Terra. Es autora de los libros de poesía Cuentos infantiles (Catafixia editorial, 2010), y Quizá ese día tampoco sea hoy (Editorial Cultura 2010). Y es parte de la Antología de poesía guatemalteca contemporánea y poesía dominicana (Algarero cultural, edición especial, Guatemala, 2010), Microfé: poesía guatemalteca contemporánea (Catafixia editorial, 2012), y El futuro empezó ayer. Apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala (Catafixia editorial / UNESCO 2013). Su trabajo narrativo es parte de las antologías Brevísimos dinosaurios (CCE, Guatemala, 2009), y de Ni hermosa ni maldita, narrativa guatemalteca actual (Alfaguara 2012). Actualmente trabaja como correctora de estilo.

RESULTADO FINAL

esQuisses

http://www.esquisses.net/vania-vargas/

Post relacionados

  • Escuintla

  • ES-UNHCR-visibility-horizontal-2line-Blue-RGB-v2015

  • Mujeres por Mujeres- Quetzaltenango

Comparte tu comentario

  • Comentarios recientes
  • Entradas recientes